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Un diputado renuncia por coherencia y el Congreso pide prueba de ADN
César Holguín dejó la vocería de Ahora Nación por no estar de acuerdo con darle facultades al gobierno ni con salvar al ministro del Interior. En un Parlamento donde todo se negocia, alguien acaba de pagar su cuenta sin preguntar.
Por Jesus Prospero
En el Perú los políticos renuncian a todo menos a los cargos. Renuncian a sus ideas, a sus promesas de campaña, a sus partidos y, como se vio hace un mes, hasta a su propia firma en una moción de censura. Por eso, cuando un diputado deja un cargo por coherencia, uno revisa el calendario para asegurarse de que no sea 28 de diciembre.
El 28 de octubre, César Holguín, diputado por Cusco, renunció de manera irrevocable a la vocería titular de la bancada de Ahora Nación. No se fue del partido, no se cambió de camiseta ni anunció su pase a otra bancada con conferencia de prensa y foto de abrazo. Dejó la silla y se quedó en la sala. Es el primer político peruano que da un paso al costado sin caerse al otro lado.

Sus razones caben en una línea. No estaba de acuerdo con darle facultades legislativas al gobierno de Keiko Fujimori y quería censurar al ministro del Interior. Su bancada decidió por mayoría otra cosa, como pasa en democracia, y él entendió algo que pocos entienden en el Congreso. Un vocero que no está de acuerdo con lo que tiene que decir no es vocero, es doblaje mexicano.
Lo de las facultades tiene su gracia. El gobierno pidió 66 medidas para legislar por su cuenta. Ni Superman pidió tantos poderes, y eso que él por lo menos venía de otro planeta y no de Fuerza Popular. Al final le aprobaron 20, y Holguín siguió pensando que ni esas. Viendo a ciertos ministros que no pudieron explicar en comisión para qué querían esas facultades, uno entiende la desconfianza. Es como prestarle el carro a alguien que no te sabe decir a dónde va.
Lo de la censura es todavía mejor. La moción contra el ministro Astudillo ni siquiera llegó a votarse. Tres diputados retiraron sus firmas un día antes, con la puntualidad de quien se baja del micro justo antes de la batida. La moción se archivó, el pleno se suspendió y el ministro siguió en su puesto sin despeinarse. Holguín se quedó con su firma puesta, que en estos tiempos es casi un acto de vandalismo.
Y no es la primera vez que dice lo que otros murmuran. En setiembre escribió que "la incompetencia e improvisación de este Gobierno sigue costando vidas" y pidió la salida del jefe de la Policía. Después dijo que la comisión consultiva de Palacio, con Jaime Yoshiyama y José Chlimper, era "una extensión de Fuerza Popular". Tenía razón. Consultar a Yoshiyama y Chlimper sobre el gobierno de Keiko es como pedirle a la suegra que califique al novio de su hija. Imparcialidad no es lo que sobra.
Hay algo muy cusqueño en todo esto. Los incas levantaban muros sin argamasa que llevan cinco siglos aguantando terremotos. Holguín armó una posición sin acuerdos de pasillo y aguantó la votación sin moverse ni un centímetro. En un Congreso donde los votos se mueven más que combi en hora punta, quedarse quieto es ingeniería de alto nivel.
Vallejo escribió que hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé. Holguín sí sabía. Sabía que perder la vocería era el precio y lo pagó sin pedir factura. En el Perú eso no tiene nombre. Bueno, sí tiene. Se llama coherencia, pero como casi nadie la usa, ya nos olvidamos de cómo se pronuncia.
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